Devocional de hoyEL PECADO DE LA INDIFERENCIA Y LA TIBIEZA ESPIRITUAL
“Dices: “Soy rico, me he enriquecido y no me hace falta nada”; pero no te das cuenta de cuán infeliz y miserable, pobre, ciego y desnudo eres tú.”
— Apocalipsis 3:17
Elaborado en base al video “El Pecado que Obstaculiza el Avivamiento Personal - Charles Finney”.
¿Se siente usted atado, frustrado en su caminar cristiano, anhelando un poder y una paz que parecen inalcanzables? ¿Ora por avivamiento personal, pero su vida permanece estancada, sin el gozo y la libertad que Jesús prometió? Tal vez hay un pecado que obstaculiza el avivamiento personal. Entonces, es necesario identificar y erradicar ese pecado
Si observamos la iglesia hoy, veremos miembros, cultos, palabras… Pero ¿dónde está el poder transformador de Dios? ¿La convicción que lleva al arrepentimiento, el gozo inefable que no depende de las circunstancias? ¿Dónde está la unción que quebranta fortalezas y el testimonio que atrae a los pecadores a Cristo? Muchos quieren el avivamiento, pero no están dispuestos a lidiar con el pecado que lo impide.
La gran calamidad de nuestro tiempo es que confundimos la religión con el arrepentimiento. Queremos las bendiciones de Dios sin la santidad que las precede. Hablamos de avivamiento, pero permitimos que el pecado habite en nuestros corazones como un ancla que nos impide avanzar.
Una vida cristiana sin avivamiento es una vida sin poder, sin fruto, un testimonio débil que no glorifica a Cristo ni desafía al infierno.
Charles Feeney no toleraba la complacencia con el pecado. Él sabía que el avivamiento no es un milagro, sino el resultado de la aplicación correcta de los medios divinamente designados.
Si usted se siente estancado, frustrado con el pecado, o si su vida cristiana carece de un poder real, es porque necesita confrontar lo que él vivió y predicó. La ausencia de avivamiento es el síntoma. El pecado intencional es la enfermedad
El principal y a menudo el único obstáculo para su avivamiento personal, para la llenura del Espíritu y para la manifestación del poder de Dios en su vida, no es la voluntad de Dios, no es la falta de programas, sino la presencia de un pecado intencional, una desobediencia deliberada, que usted se niega a confesar y a abandonar.
Feeney, que entendía la soberanía de Dios y la responsabilidad humana, nos recordó que Dios está tan dispuesto a dar el avivamiento como nosotros a recibirlo.
Él sabía que el Espíritu Santo no puede derramarse a plenitud en un corazón que alberga el pecado voluntariamente. El pecado es como una barrera que bloquea el flujo de la gracia y el poder de Dios. Es la única barrera real para el avivamiento personal, eliminarlo es la clave para una vida cristiana que realmente glorifica a Dios.
¿Cuál es, entonces, el primer pecado que obstaculiza su avivamiento personal? Es el pecado de la indiferencia y la tibieza espiritual, la falta de pasión por Dios, de amor por las almas perdidas, de celo por la santidad y de un ardiente deseo por la gloria de Cristo.
Es la condición de la iglesia Laodicea:
“Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto:
Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” Apocalipsis 3:14-17 RV60.
Finney, que veía la tibieza como una abominación, enseñaba que la apatía, la indiferencia, la falta de celo por Dios son pecados. Él entendía que Dios no desata su poder en un corazón que no lo anhela con toda su fuerza.
La indiferencia es un insulto a la pasión de Cristo en la cruz. Algo opuesto se observa en la siguiente poesía:
SONETO A CRISTO CRUCIFICADO
(Anónimo)
No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido,
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas, y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
El cristiano que busca desmantelar este primer obstáculo para su avivamiento personal es aquel que permite que el Espíritu Santo despierte su corazón. Él anhela romper con esa indiferencia, con esa tibieza, sabiendo que sin esa ruptura su búsqueda de Dios será superficial.
Es en la confrontación del pecado de la indiferencia que el corazón se prepara para el avivamiento.