Devocional de hoyCIUDADANOS DEL CIELO: LLAMADOS A PERDONAR (PARTE 2)
“Asegúrense de que nadie quede fuera de la gracia de Dios, de que ninguna raíz amarga brote y cause dificultades y corrompa a muchos,”
— Hebreos 12:15
_“Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios. *Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura*, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos”_ Hebreos 12:15 NTV.
Una ofensa que no se resuelve sigue el siguiente ciclo: Primero está la *“Herida del alma”* que manifiesta dolor por la ofensa, luego viene el *“Resentimiento”* con enojo y hostilidad, después sigue la *“Amargura”* que trae consigo contaminación, más adelante está la *“Parálisis”*, que bloquea el potencial del individuo y, finalmente, el *“Engaño”*. Allí el individuo ofendido cree mentiras sobre sí mismo y los demás (Manual _“Cómo ser libre de la Ofensa por medio del perdón”_, de Raúl e Isabel Justiniano).
Entonces, ¿qué hacemos con las ofensas que nos hicieron? ¿Cómo las enfrentamos? El remedio ideal para cada ofensa que recibimos es el perdón. Y aquí quizá alguno de ustedes diga: _“Yo no puedo perdonar lo que me hicieron... Usted no sabe lo que pasó”_. Es cierto, no sé lo que sucedió. Quizá esa persona le arrebató lo más preciado de su vida. Tal vez no la protegió como debía y, al contrario, la abandonó o la traicionó. ¡No lo sé! Lo que sí sé es que, si usted no perdona, está en pecado y sigue -irremediablemente- ligado a esa persona.
Para entender qué pasa con alguien que perdona estudiaremos a un personaje misterioso de la Biblia: Una muchacha judía de quien no tenemos mucha información. ¡Ni siquiera sabemos su nombre! Resulta que ella vivía feliz con su familia. Tenía todo lo que una joven deseaba: Seres queridos que la amaban y ella amaba, personas que la protegían y que velarían porque tuviera un hermoso futuro. Además, era parte de una comunidad donde se sentía a gusto. Allí adoraban a Jehová. Pero un día todo cambió.
_“En ese tiempo, los saqueadores arameos habían invadido la tierra de Israel, y entre sus cautivos se encontraba una muchacha a quien habían entregado a la esposa de Naamán como criada”_ 2 Reyes 5:2 NTV.
Pensemos un momento cómo se sentía esa muchacha:
• Sus captores le robaron su familia. Probablemente nunca más los volvería a ver.
• Le robaron su comunidad, su pueblo. Ahora ya no formaba parte de Israel.
• Le robaron su futuro… ¡O eso era lo que ella pensaba!
• Todo lo que conocía, le fue arrebatado en un instante.
Ahora era una criada destinada a trabajar... ¿Qué significaba esto? Era una esclava sin nadie que la amara, sin derechos, sin futuro… Entonces, probablemente, esa muchacha se llenó de tristeza porque extrañaba a su familia y no tenía esperanza.
Después es casi seguro que empezó a preguntarse:
• ¿Por qué me pasó esto?
• ¿Por qué ya no tengo a mi familia cerca?
• ¿Por qué no tengo un futuro?
• ¿Por qué Dios me abandonó?
En ese momento la joven tuvo 2 opciones:
1. Convertirse en una muchacha enojada, resentida, amargada y llena de odio hacia sus captores, los arameos, porque le robaron su libertad.
2. Perdonar a quienes le hicieron daño y mantener su fe en Dios.
Y ella eligió este último camino. ¿Cómo lo sabemos? Resulta que el esposo de su ama, Naamán, _“padecía de lepra”_ (2 Reyes 5:1 NTV). En ese tiempo la lepra era una enfermedad mortal de la cual nadie se salvaba.
De seguro que la noticia de la enfermedad conmocionó a toda la familia. La esposa del general y sus hijos estaban muy tristes porque el enfermo tenía que aislarse por completo para no contagiarlos. En otras palabras, Naamán ya no podría vivir con su familia, no podría acariciarlos o abrazarlos. En realidad, tener lepra era estar destinado a una muerte segura.
En la Biblia vemos que:
• La muchacha no era alguien amargado.
• No albergaba sentimientos negativos hacia sus amos arameos.
• Al ver el sufrimiento de ellos, sintió compasión y pensó cómo podía ayudarlos.
“Cierto día, la muchacha le dijo a su señora: «Si mi amo tan solo fuera a ver al profeta de Samaria; él lo sanaría de su lepra»” 2 Reyes 5:3 NTV.
La mujer le contó a su esposo lo que la criada le dijo. Y para hacer corta la historia, Naamán viajó a Israel y, después de vencer su orgullo y obedecer la orden del profeta Eliseo de bañarse siete veces en el río Jordán, su piel fue restaurada como la de un niño (2 Reyes 5:4-14).
Entonces Naamán volvió a buscar al hombre de Dios y le dijo:
“—Ahora sé que no hay Dios en todo el mundo, excepto en Israel…
…A partir de ahora, nunca más presentaré ofrendas quemadas o sacrificios a ningún otro dios que no sea el Señor” 2 Reyes 5: 15, 17 NTV.
La Biblia no relata qué le pasó después a la joven hebrea. Quizá cuando Naamán volvió, ella fue liberada en agradecimiento porque les habló acerca del profeta que sanaba.
Lo que sí sabemos es que la muchacha no estaba enfocada en su tristeza o en su dolor. ¿Por qué sabemos esto? Porque ella pudo ver el dolor ajeno y ser sensible ante él. Seguramente cuando ella decidió perdonar, el amor de Dios sanó su corazón herido.
En realidad, la compasión y la fe de la joven hebrea hicieron posible un doble milagro: ¡El cuerpo de Naamán se sanó y él conoció al Dios verdadero! Y a través de él seguro que toda su familia también lo conoció.