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LA SANGRE DEL CORDERO: LA LLAVE PARA LA COMUNIÓN CON DIOS

Dios envió a Jesucristo para morir por nosotros. Si confiamos en que Jesús murió por nosotros, Dios nos perdonará. Con esto Dios demuestra que es justo y que, gracias a su paciencia, ahora nos perdona todo lo malo que antes hicimos. Él es justo, y sólo acepta a los que confían en Jesús”

Romanos 3:23-26 TLA

El pecado y nuestra naturaleza caída y rebelde son el mayor impedimento para la vida de comunión que lleva al avivamiento. En realidad, a causa de ambos no sólo es difícil, es imposible relacionarnos con la santidad y la gloria de Dios. No podemos estar delante de Él y, mucho menos, tener intimidad. Pero lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. “Todos hemos pecado, y por eso estamos lejos de Dios. Pero él nos ama mucho, y nos declara inocentes sin pedirnos nada a cambio. Por medio de Jesús, nos ha librado del castigo que merecían nuestros pecados. Dios envió a Jesucristo para morir por nosotros. Si confiamos en que Jesús murió por nosotros, Dios nos perdonará. Con esto Dios demuestra que es justo y que, gracias a su paciencia, ahora nos perdona todo lo malo que antes hicimos. Él es justo, y sólo acepta a los que confían en Jesús” Romanos 3:23-26 TLA. ¡Gloria a Dios por Su gran amor! El Padre, por medio de la muerte y resurrección de su Hijo Jesús, logró lo que nadie podía hacer: Nos entregó la llave para tener comunión con Él. Ahora, la comunión con Dios no se puede llevar adelante en base a esfuerzo o mérito propio. Sólo podemos apelar al amor y la gracia del Señor y creer que el sacrificio de Jesús nos pone en una relación correcta con el Padre (2 Corintios 5:21 NTV). “Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y dijo: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Juan 1:29 NVI. “Pero él fue herido por nuestras rebeliones, fue golpeado por nuestras maldades; él sufrió en nuestro lugar, y gracias a sus heridas recibimos la paz y fuimos sanados” Isaías 53:5 TLA. Esta paz es la paz con Dios que nos permite relacionarnos con Él. La sangre de Cristo fue el único requisito necesario y suficiente para conectarnos y tener intimidad con Dios. “Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” Hebreos 4:16 NTV. Recuerda: No puedes hacer algo para acercarte a Dios. ¡Todo es mérito de Jesús! En el Antiguo Testamento Dios hizo una alianza con el pueblo de Israel por medio de Moisés: “Entonces Moisés tomó la sangre y, rociándola sobre la gente, dijo: —Ésta es la sangre que confirma la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, sobre la base de todas estas palabras” Éxodo 24:8 DHH. Sin embargo, toda la sangre de corderos y animales no era suficiente ni eterna para limpiar nuestro pecado. Sólo Jesús podía lograrlo. Por eso, en Cristo, tenemos un nuevo pacto, una nueva alianza para siempre. “Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, diciendo: —Beban todos ustedes de esta copa, porque esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados” Mateo 26:27-28 DHH. “Así pues, Jesús es precisamente el Sumo sacerdote que necesitábamos. Él es santo, sin maldad y sin mancha, apartado de los pecadores y puesto más alto que el cielo. 1 No es como los otros sumos sacerdotes, que tienen que matar animales y ofrecerlos cada día en sacrificio, primero por sus propios pecados y luego por los pecados del pueblo. Por el contrario, Jesús ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre, cuando se ofreció a sí mismo. La ley de Moisés nombra como Sumos sacerdotes a hombres imperfectos; pero el juramento de Dios, que fue hecho después de la ley, nombra sumo sacerdote a su Hijo, quien ha sido hecho perfecto para siempre” Hebreos 7:26-28 DHH. “Dios nos ha consagrado porque Jesucristo hizo la voluntad de Dios al ofrecer su propio cuerpo en sacrificio una sola vez y para siempre” Hebreos 10:10 DHH. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” Hebreos 10:19-22 RV60.

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