Devocional de hoy¡SEAMOS COMO LA IGLESIA DE LOS HECHOS!
“¡Vístanse de duelo y giman, sacerdotes! ¡Laméntense, ministros del altar! ¡Vengan, ministros de mi Dios, y pasen la noche vestidos de luto, porque las ofrendas de cereales y las ofrendas líquidas han sido suspendidas en la casa de su Dios!”
— Joel 1:13
Elaborado en base al video “El mensaje que avivará tus ganas de orar - Leonard Ravenhil”.
Quiero tener una plataforma de lanzamiento. Joel 1:13-14 NTV dice:
“Ustedes sacerdotes, ¡vístanse de tela áspera y lloren!
¡Giman, ustedes, los que sirven ante el altar!
Vengan, pasen la noche vestidos de tela áspera,
ustedes, ministros de mi Dios.
Pues no hay grano ni vino
para ofrecer en el templo de su Dios.
Proclamen un tiempo de ayuno;
convoquen al pueblo a una reunión solemne…”
Y, luego, el versículo 17 del siguiente capítulo dice:
“«Que los sacerdotes, quienes sirven en la presencia del Señor,
se levanten y lloren entre la entrada del templo y el altar.
Que oren: «¡Perdona a tu pueblo, Señor!
No permitas que tu preciada posesión se convierta en objeto de burla.
No dejes que lleguen a ser la burla de los extranjeros incrédulos que dicen:
“¿Los ha abandonado el Dios de Israel?”»”.
Hace unos años el Dr. Carl, fundador y editor de Christianity Today, envió un cuestionario a los que llamó 20 de los principales predicadores intelectuales del país. Y la pregunta que mandó fue esta: “¿Qué ve usted para la iglesia de Jesucristo en el año 2000?” Recuerdo sólo una de las respuestas. La dio Elton Trueblood, autor y teólogo cuáquero. Él dijo algo asombroso: “En el año 2000 la iglesia será una minoría consciente rodeada de un paganismo arrogante y militante”.
Me tragué el anzuelo, el sedal y el plomo y me desperté alrededor de las dos de la mañana con una indigestión mental y, creo que, espiritual. Entonces comencé a recordarme a mí mismo que el cristianismo no fue servido al mundo en bandeja de plata. El cristianismo nació en una sociedad sofisticada y totalitaria.
La iglesia primitiva estaba amurallada. Por un lado, con la máquina militar más poderosa de la historia, el poder de Roma. Estaba amurallada por el otro lado con el intelectualismo griego. Este avance fue bloqueado por el monopolio de los judíos que creían tener todo sobre Dios.
Aquellos hombres que pusieron el mundo patas arriba no tenían una capacidad intelectual colosal, ni una gran economía, ni un gran respaldo financiero, ni posición social. Eran los hombres más despreciados de Jerusalén y de sus alrededores. Y, sin embargo, de alguna manera lograron salir adelante. Y más tarde se dijo que trastornaron el mundo entero (Hechos 17:6).
El doctor J.B. Phillips (quien realizó una traducción del Nuevo Testamento al inglés moderno), al hablar de los primeros capítulos de Hechos, dijo lo siguiente:
“Esta es la iglesia de Jesucristo antes de que se volviera obesa y sin aliento por la prosperidad.
Esta es la iglesia de Jesucristo antes de que se volviera musculosa por la sobre organización.
Esta es la iglesia de Jesucristo donde no reunían a un grupo de intelectuales para estudiar medicina psicosomática, sino que simplemente sanaban a los enfermos.
Esta es la iglesia de Jesucristo donde no decían oraciones, sino que oraban en el Espíritu Santo”.
La tragedia que hay en nuestros colegios y seminarios en este momento es que producimos hombres que conocen la Palabra de Dios. Eso nunca cambiará al mundo. Porque la cuestión no es si conocen la Palabra de Dios, sino si conocen al Dios de la Palabra.
Darle a un hombre una licencia de predicador sólo porque tiene mucha capacidad académica es como darle una licencia de conducir a un ciego. Si no conoce a Dios, ¿por qué está en este negocio? Tenemos que decidir si este libro es absoluto u obsoleto. O tiene la respuesta para nuestra generación o lo olvidamos. Tenemos que decidir que predicar no es una profesión. ¡Es una pasión!
Recuerdo que estuve en Londres hace unos años. Vi que una mujer pequeña iba al buzón. Allí estaba ella, muy, muy encorvada y con movimientos temblorosos. Alguien me preguntó: “¿Sabes quién es?” Y yo dije: “Ni la menor idea”. Es la viuda del predicador que en una época fue denominado “el rey del púlpito metodista en Inglaterra”. Su hija nos dio una enorme biografía de su padre. Dijo: “Cuando regresaba un domingo por la noche del servicio, si nadie se salvaba, él estaba inconsolable. No comía, no bebía, ni siquiera se quitaba el abrigo largo. Se tiraba sobre su cama y con sollozos y sollozos y sollozos decía: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”
¿No es asombroso pensar que un sermón en el día de Pentecostés produjo tres mil personas? Y ayer mismo, en algunas ciudades, se predicaron tres mil sermones y nadie fue salvo. ¡Eso hoy ni siquiera nos inmuta!
La iglesia solía ser un rayo. ¡Ahora es un crucero! No estamos marchando hacia Sion. Estamos navegando hacia allí con facilidad. En la iglesia apostólica se dice que todos estaban asombrados. Y ahora en nuestras iglesias todos quieren divertirse.
La iglesia comenzó en el aposento alto con un grupo de hombres y mujeres agonizando y está terminando con el comedor con un grupo de personas organizándose. Confundimos el ruido con el avivamiento, la conmoción con la creación y la acción con la unción. ¡Esta es la hora más crítica de la historia!