Devocional de hoyCÓMO TRATAR LA DECEPCIÓN Y SER LIBRES (PARTE 1)
“Al ver Noemí que Rut estaba tan decidida a acompañarla, no insistió más.”
— Rut 1:18
Todos conocemos a personas que no supieron administrar bien los procesos de decepción que surgieron a lo largo de sus vidas. Para algunos las decepciones fueron como un puñal en el corazón y, por eso, se hirieron. Otros sintieron un garrotazo fuerte en su interior y, debido a ese dolor, se encerraron. También están aquellos que no hablaron más del asunto… Como vemos, las reacciones son muy diversas.
Generalmente las decepciones provienen de aquellas relaciones que consideramos íntimas, como esposos, padres, hijos, parientes cercanos, amigos, etc.
A veces, cuando la decepción ya está en el corazón y no sanó, se activa de nuevo por algún altercado o por la ‘inconducta’ o por la ‘disfuncionalidad’ de otros… Entonces, se torna una actitud negativa recurrente.
Al experimentar desilusiones, aflora la tendencia a culparse a uno mismo o a otros. Así se dificulta la situación al no saber qué decir o qué hacer. Esto ocurre debido a que la persona no puede identificar realmente la causa verdadera de la decepción.
La desilusión suele ser una respuesta emocional a nuestro fracaso, o al de otros, por no lograr que un deseo, una esperanza, un sueño o una meta se conviertan en realidad. Esto puede llevar a perder la fe en alguien en quien confiábamos, e incluso en una persona que amamos.
Es que decepción es sinónimo de desencanto, desilusión, frustración, sorpresa ingrata, chasco, desengaño, contrariedad…
En concreto, ¿qué ocasiona la decepción? Ella causa dolor, frustración, y te puede llevar a un bloqueo irracional. Por eso es importante cuidarse de los procesos de decepción que acarrean heridas profundas, las mismas que te impulsan a cerrar tu corazón. Y así empiezas a rechazar oportunidades o personas…
La desilusión puede enfermar gravemente tus emociones, tus pensamientos, tu voluntad, tu ilusión, tu entusiasmo, tu fe… Eso fue lo que le sucedió a Noemí. Ella había perdido a su esposo y a sus dos hijos mientras vivía en Moab. Así que decidió retornar a Judá:
“Cuando Noemí vio que Rut estaba decidida a irse con ella, no insistió más.
De modo que las dos siguieron el viaje. Cuando entraron a Belén, todo el pueblo se conmocionó por causa de su llegada. —¿De verdad es Noemí?—preguntaban las mujeres. —No me llamen Noemí —contestó ella—. Más bien llámenme Mara, porque el Todopoderoso me ha hecho la vida muy amarga.
Me fui llena, pero el Señor me ha traído vacía a casa. ¿Por qué llamarme Noemí cuando el Señor me ha hecho sufrir y el Todopoderoso ha enviado semejante tragedia sobre mí?
Así que Noemí regresó de Moab acompañada de su nuera Rut, la joven moabita…” Rut 1:18-22 NTV.
Si bien Noemí vivió una tragedia difícil por la muerte de su esposo e hijos, ella contaba con la bendición de una nuera bondadosa y fiel que dejó a su familia y a su tierra por acompañarla. La anciana no volvió “vacía”… Ella tenía una nuera que la amaba y que la trataba mejor que siete hijos, como le dijeron después las mujeres del pueblo a Noemí (Rut 4:14).
En la vida diaria, ¿dónde te pueden llevar las decepciones?
Ellas, con facilidad, te impulsan a:
1. Enfriarte o alejarte de Dios. Incluso a cuestionarlo.
2. La desobediencia.
3. Perder la visión.
4. Una vida basada en emociones y pensamientos. Por consiguiente, te alejan de la obediencia a los principios divinos.
5. Vivir en la carne. Así, te sacan de la vida en el Espíritu.
6. Creer mentiras que te apartan de las verdades liberadoras de Dios.
7. Perder la compostura, la sobriedad y el testimonio.
8. Concentrarte en lo que te hicieron y no en las lecciones que Dios quiere que aprendas.
9. Caer en la “victimización”. De esa manera, pierdes liderazgo y autoridad espiritual.
10. Rechazar los consejos. Esto se debe a la saturación emocional negativa, porque el individuo está abrumado por emociones y pensamientos nocivos.
Ahora, en medio de las decepciones, ¿cuáles son los propósitos de Dios? Específicamente no los conocemos por completo, pero el Señor tiene razones para dejar que suframos desilusiones. Es cierto, Él podría evitarlas… Sin embargo, en esas situaciones, Él tiene designios mayores. También quiere enseñarnos muchas lecciones y que, en el proceso, maduremos un poco más.
El deseo de Dios es que siempre confiemos en Él, que creamos en Sus palabras y que dejemos que nuestras circunstancias lo glorifiquen.
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” Romanos 8:28 RV60.