Devocional de hoyPREPARANDO EL AVIVAMIENTO (PARTE 2)
“La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús,”
— Filipenses 2:5
CAMINANDO CON CRISTO, COMO ESTILO DE VIDA
Hay dos tipos de oración: Exclusiva e inclusiva. La oración exclusiva se ejecuta cuando apartas tiempo para estar con Dios. No haces nada más que esa actividad. En cambio, la oración inclusiva la realizas mientras desarrollas cualquier tarea (te bañas, cocinas, trabajas…). En esos momentos también estás en comunión con el Señor. Si permanentemente practicas estos 2 tipos de oración, hay un proceso completo de intimidad con Dios.
Lo más importante para tu vida no es tu devocional. Es que aprendas a caminar con Cristo, que tengas comunión con Él todo el tiempo. Es que aprendas a conectar tu espíritu con el cielo, con el corazón del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo. A eso te dedicarás cada día, mientras estés aquí en la tierra.
¿Y qué de tu tiempo a solas con Dios? Es un evento que debe llegar a ser un encuentro sobrenatural con Dios.
Un fruto de la humillación es darle el control total a Dios (de tu vida, del devocional, del tiempo…).
Para disfrutar de la intimidad con Dios, tu vida de oración debe estar gobernada por el Espíritu Santo y no regida por tus urgencias, necesidades o circunstancias.
Todos los días debe haber un momento en que tu espíritu esté en quietud porque te despojaste de las aflicciones de la tierra. Tienes que imitar a tu Maestro:
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” Filipenses 2:5-8 RV60.
Jesús no se aferró, ¡se despojó! No te aferres a tu vieja cultura, a tus maneras clásicas de pensar, hablar y hacer. ¡Despójate de ese bullicio que hay en tu mente y en tu corazón! ¡Despójate de esa vieja naturaleza pecaminosa y humíllate hasta la muerte de tu Yo! Si haces eso, automáticamente estarás bajo el señorío de Jesucristo.
Tienes que dejar de hacer y volver a ser como un niño. ¡Vuelve a Jesús, a sus pies, a la adoración!
La responsabilidad más importante en la tierra es tu intimidad con Dios porque de ella depende el resto de tu vida.
¡No le hables tanto a Jesús! Aprende a escucharlo a Él, como lo hizo María. Envía el corazón de Martha a la cruz del calvario. Y ora al Señor para que te dé el corazón de María en medio de un mundo de Martha.
UNA RELACIÓN QUE LE AGRADA A DIOS
Dios no está centrado en tu hacer. Él está centrado en tu ser. Entonces, nuestra oración debe enfocarse en el ser y no en el hacer, porque el ser determina el hacer.
Pasamos mucho tiempo orando por nuestro hacer: Por lograr, por tener… Muy poco oramos por ser un cristiano del Lugar Santísimo, que conoce el corazón del Señor, que es paciente, humilde…
El primer propósito de Dios para crear al hombre a su imagen y semejanza era tener comunión con él (Génesis 1:26). Para el Señor lo más importante es nuestra relación con Él. Y nosotros nos pasamos el tiempo teniendo una relación inadecuada, oportunista, interesada.
El Señor quiere corregir nuestro corazón porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Lo que hay en tu corazón, hay en tu relación con Dios. Si tu corazón está priorizando -por ejemplo- el crecimiento de la iglesia, esa será tu oración más frecuente. Si tu corazón anhela ser como Jesús (obediente, sensible a la voz del Padre, lleno del Espíritu Santo), eso se escuchará en tu oración.
Al respecto, por qué no le preguntas a Dios: “Señor, ¿te gusta mi relación contigo? ¿Te agrada lo que yo te hablo? ¿Te llegan mis oraciones?” Esa es una auditoría espiritual. ¿Con qué fin? Para que no experimentes una relación incorrecta con Dios, gobernada por intereses terrenales.
Nuestra relación le tiene que agradar a Dios. ¡La relación es para Él, para honrarlo! Una vez el Espíritu Santo logra que tengamos una relación correcta con Dios, nos lleva a un ascenso, a la comunión con Él, a la intimidad. ¡Ahí nace la vida de adoración!
Si practicamos la humillación espiritual como Dios lo pide en su Palabra, todo se resolverá automáticamente. ¿Por qué?
Porque si todos los días nos humillamos, Él nos lava, limpia, sana, santifica y así podemos entrar al Lugar Santísimo y tener comunión íntima con Él.
Por el contrario, si no hay humillación, definitivamente no hay comunión con Dios. Es imposible pensar en comunión sin humillación, sin purificación, sin limpieza, sin bañarnos con la Sangre del Cordero todos los días. En resumen, sin higiene espiritual no es posible relacionarse correctamente con Dios.